Adentrarse
allí, en las Estancias Jesuíticas
Arquitectónicas de Córdoba,
Argentina, es sentirse inmerso en un ámbito
espiritual, religioso y artístico en
el cual el visitante se impregna de un solemne
halo cargado de belleza e historia, siendo
una de ellas, la conocida como La Cripta Jesuítica
del Antiguo Noviciado, redescubierta hace
un poco más de cuatro lustros y que
junto con otras construcciones erigidas por
esta orden, constituye gran valor y orgullo
nacional, motivo por el cual comparte con
ellos el ostensible y loable título
de Patrimonio Cultural de la Humanidad, declarado
en el año 2000 por la UNESCO, en la
ciudad de Cairns, Australia
Las
Estancias Jesuíticas de Córdoba,
Argentina, forman parte de uno de los destinos
más visitados y apreciados por quienes
prefieren los bienes culturales del mundo
lo que las convierte en las más buscadas
por los amantes del encuentro con la cultura
y, por ende, con la historia de este maravilloso
país.
Bajo las intersecciones de las avenidas Colón
y Rivera Indarte, se encuentra este singular
ámbito de casi tres siglos de historia,
que abre sus puertas al público de
lunes a viernes a partir de las 00:9 AM.,
hasta las 15:00 PM. y que cuenta con un servicio
especial de guías para conducir e informar
a los visitantes.
HISTORIA
La Cripta Jesuítica del Antiguo Noviciado,
cumplirá el próximo mes de octubre
21 años a partir de su redescubrimiento,
ya que en 1989, los obreros que realizaban
la excavación para el cableado subterráneo
de las redes telefónicas, descubrieron
esta construcción, que con posterioridad
fue restaurada y revalorizada tal como se
aprecia en la actualidad.
El predio donde se construyó La Cripta,
formaba parte del Noviciado Jesuítico
fundado en 1608 y se extendía hasta
la actual avenida General Paz. Inicialmente,
los jóvenes novicios tenían
su sede en la Manzana Jesuítica y al
quedar insuficiente para albergarlos en dicho
espacio, el Padre General de la Orden sugirió,
desde Roma, que se construyera una casa con
más habitaciones para estos jóvenes
que no sobrepasaban los 16 años, pero
se desistió de la misma por dificultades
económicas, hasta que los hermanos
Ignacio y Francisco Mujica, al ingresar a
la Orden de Jesús, donaron su propiedad
en el año 1700, y allí se levantó
el noviciado.
La casa fue trasformada y reacondicionada
como sede del noviciado de los Padres Jesuitas,
quienes la ocuparon entre 1700 y 1713. Las
obras de adaptación de la casa de los
Mujica, fueron ejecutadas por el jesuíta
y también arquitecto Johann Krauss,
quien la convirtió en noviciado y a
su vez construyó allí una iglesia
de grandes proporciones y una cripta dedicada
a San Ignacio de Loyola.
Sin embargo, desde Roma, el austero padre
General Miguel A. Tamburini, ordenó
suspender la construcción, reconsiderando
el traslado de los novicios a la Manzana Jesuítica.
Suspendida la construcción, el complejo
de la cripta fue transformado en casa de ejercicios
espirituales para varones, sitio donde Francisco
Mujica, su benefactor, permaneció hasta
su muerte. El Padre General, declaró
oficialmente el nuevo destino de la propiedad
en 1726, aunque dos años antes se había
clausurado con tapiaje la puerta por la que
se descendía a la capilla.
Así, cuando fue transcurriendo el paso
indefectible de los años, el claustro
entró en evidente deterioro y, después
de la expulsión de los Jesuitas en
1767, el arquitecto Joaquín Marín
realizó un pormenorizado inventario
del inmueble, aunque, por entonces, ya no
se sabía para qué se había
construído y ni qué había
funcionado allí.
Posteriormente, la desmedrada construcción
fue cedida a los padres Betlemitas, quienes
tenían bajo su celosa tutela el cuidado
y la atención del hospital San Roque,
que en ese entonces se estaba construyendo.
Una vez terminado el nosocomio, los Betlemitas
dividieron en parcelas la propiedad de los
Mujica y la fueron vendiendo.
La Cripta pasó a ser propiedad de Don
José Agustín Ferreira, quien
le dio diferentes usos, lo mismo que sus demás
sucesores. Cuando en 1928 el intendente Emilio
Olmos decidió ampliar la calle Colón,
afloraron en la superficie de la acera, las
bóvedas de la antigua cripta, que fueron
demolidas y rellenadas con escombros.
La Cripta Jesuítica resurgió
a la luz accidentalmente o tal vez por un
antojo del destino, en 1989. Según
los registros históricos de la antigua
orden religiosa, este lugar podría
haber sido el sitio elegido para levantar
la iglesia que hoy existe en la Manzana Jesuítica,
pero que luego de iniciada la construcción,
sus cimientos fueron aprovechados para el
funcionamiento de un oratorio y se tomó
la decisión de erigirla donde se encuentra
actualmente, cuya vetusta fachada se contrapone
con la rica ornamentación interna del
templo, construído en forma de T latina
con una capilla a cada lado. Las tres naves
que posee la cripta, permiten suponer este
tipo de deducciones.
Cuando la ciudad fue azotada por una epidemia
de cólera en 1820, el antiguo oratorio
fue acondicionado como cripta para sepultar
a quienes la habían padecido. De ahí
deriva su nombre de “El Pudridero”.
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