Las
primeras sombras de la noche oscurecen la ciudad de Buenos
Aires son las 8 de la noche de aquel 20 de Marzo de 1891.
Es el tiempo de la inmigración y del gran desempleo.
Una madre desolada llega llorando hasta la calle Expósitos
1466 que hoy es la Avenida Montes de Oca número 40
, una casa cuna improvisada en aquella época. En
la rueda del Torno deposita una canasta con un niño
de unos 20 días, su hijo. Toca la campanilla y con
el corazón partido se aleja del lugar. En el riachuelo
un rayo misterioso explota en el cielo atormentado, alumbrando
antes del amanecer, los estibadores, barcos y canoas que
reposan en silencio, marcando el destino de aquel niño
que con el tiempo vería los colores del puerto con
proporción áurica.
Eran seis las hermanas de la caridad encargadas de cuidar
a los pequeños. Ese año se abandonarían
1.076 bebes, 693 morirán. Tres niños son abandonados
por día producto de la gran crisis económica
que vive el país. Según un acta de los archivos
del Hospital General de niños Dr. Pedro de Elizalde
llevaba el numero 447. Fue bautizado el 21 de Marzo, día
de San Benito, con el nombre de Benito Martín, que
era el apellido que se le colocaba a los niños Espositos.
En el orfanato a la edad de 7 años fue adoptado por
Manuel CHINCHELLA, un genovés que había trabajado
en Olavarría y que cargaba carbón. Su padre
adoptivo estaba casado con Doña Justina Molina nacida
en Entre Ríos, esta mujer era analfabeta pero fue
quien le brindo todo su amor y cuido a Benito Chinchella
Martín como su madre adoptiva. Cuando este niño
cumplió 29 años cambio la grafía de
su nombre por las confusiones y problemas que le generaba
ya que a Chinchella le apodaban burlonamente “chinche”,
además los genoveses lo pronunciaban Quinquela, por
eso pasó a llamarse BENITO QUINQUELA MARTÍN.
Su origen humilde le llevo a desempeñar los mas variados
oficios, entre ellos carbonero y el de estibador de puerto
que lo inspiro para plasmar e inmortalizar en la tela las
imágenes del puerto de la boca y del riachuelo como
el centro de su obra. Vivió con sus padres hasta
que ellos fallecieron a los 78 y 84 años. Con sus
primeras ventas les compró la casa y la carbonería
donde trabajó de niño, y luego compró
los mejores terrenos para construir una escuela para 1.000
niños, un lactario donde las amas de leche dieron
alimento a los niños abandonados o pobres, una escuela
de artes gráficas para que se especializaran los
niños del barrio y un instituto odontológico
modelo, que él no tuvo, por lo que siempre padeció
una mala dentadura.También edifico un jardín
de infantes. Nunca olvido todo el amor de sus padres y lo
que recibió lo dio, porque sin duda el ser feliz
es dar sin esperar recibir.